Aquel amor

Novela de la autora Laura Demarco.

Arte de tapa: Gabriela Victoria Gabriel.

 

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A lo largo de muchos años fui leyendo y acopiando —casi compulsivamente— todas las biografías sobre Frida que encontraba, algunas me acercaban a ella y me permitían meterme en su mundo, otras no tanto, pero nunca llegaba a unir todas las piezas de su vida.

Fue recién después de leer el diario íntimo, regalo que me hice al cumplir los 40 años, donde pude entender en primera persona su forma de sentir. Recuerdo que, al dormirme, después de haber leído algunas de sus páginas, me imaginaba en el México de 1920, donde Frida ya era una muchacha, una estudiante la seguía en mis sueños y la escuchaba a ella y a las personas que la rodeaban.

Después conseguí el libro de Raquel Tibol, periodista argentina, historiadora de arte mexicano radicada en México, quien reunió las cartas que Frida escribió a lo largo de toda su vida.

Leí cada palabra, una tras otra revisé las cartas que ella le enviaba a Diego, a su madre, a los médicos, a algunos amores y a sus amigos.

En el 2020 la pandemia me permitió acercarme todavía más a su mundo, a la Casa Azul y a México.
Las puertas de su museo se abrieron virtualmente con motivo del aniversario 113 del nacimiento de
Frida. Se dictaron cursos en línea y pude realizarlos. También hice algunos en 2021.
Conocí más de ella, detalles que no estaban en los libros.
Pude intercambiar información con las guías de la Casa Azul y con las docentes que dieron las charlas: investigadoras de arte, sociólogas, antropólogas, historiadoras, mujeres que han dedicado su vida a estudiar sobre ella.

Hay dos aspectos fundamentales que me motivaron a escribir sobre Frida:

El primero tiene que ver con la capacidad de “resiliencia”.
Frida logró recuperarse del sufrimiento y de los traumas vividos a lo largo de toda su vida. Nunca pensó en la muerte como un escape al sufrimiento físico, al intenso dolor que sentía por un cuerpo cansado de tantas operaciones. Ni por el exceso de medicamentos o los intentos “salvadores” de médicos que buscaban curarla apostando a nuevos tratamientos, con un cuerpo mortificado que solo quería calma.
Frida celebraba la vida constantemente, para ella vivir era una fiesta que merecía ser transitada con intensidad.
Vivió la pintura y la escritura como espacios de sanación.
En su último cuadro, realizado en 1954, una naturaleza muerta, pintado con los colores de la bandera mexicana, la pulpa carmesí de las sandías cortadas y rebanadas se enfrenta a la dualidad de la vida y la muerte, del cielo mitad oscuro, mitad claro.
La pintura recibe con gusto a la muerte al mismo tiempo que la desafía con alegría. Frida mojó su pincel en pintura roja unos días antes de su muerte y firmó con su nombre. Además de “Coyoacán 1954 México”, en la rebanada de enfrente con grandes letras mayúsculas, escribió el lema cuya fuerza invocadora da vida tanto a su arte como a su leyenda: “Viva la vida”. Esta pintura tiene una marca de agua, un mensaje implícito y efectivo, algo que nos quiere transmitir. Ella nos enseña su particular modo de ver la vida y la muerte: la vida es para celebrar, aunque sea en los últimos minutos.

La creación constante de obras y escritos la movilizaban, le daban a su cuerpo dañado el empuje necesario para seguir.

Cada impedimento físico lo transformaba en un proyecto.

Construía amistades con sus médicos y las personas que la asistían. Viajaba a otros países para operarse, siempre creyendo en una posible mejoría. Hospitalizada, planeaba nuevos cuadros, muestras o murales; las enfermeras le llevaban acuarelas, pinturas y papeles para que pudiera pintar mientras estaba internada.

Dibujaba a sus médicos, los retrataba como forma de agradecimiento. Y así ocupaba sus horas, siempre pensando en la “acción”. Era una militante de la vida, con una marcada ideología política.

Siempre luchó por los derechos de los trabajadores mexicanos. De adulta, empezó a usar ropas tehuanas para valorar a las mujeres indígenas silenciadas de su pueblo.
Después del accidente se vio obligada a usar corsés ortopédicos. Algunos de ellos, de materiales diferentes, le sirvieron de fondo pictórico. Para tolerarlos, los intervino con bellos colores. Pintó un corsé de escayola con la hoz y el martillo, otro con un feto, y también uno con su columna vertebral fracturada.
Frida buscó su sanación en el arte y en el amor.
Esto me lleva al segundo aspecto que tanto la define: la pasión.

Era una mujer apasionada por la vida, las personas, el amor. Se desenvolvía con ardor e intensidad.

En los vínculos afectivos se podía observar esta cualidad.

En muchas ocasiones, esto la llevaba a la frustración y a la soledad. Amó profundamente a Diego Rivera. Fue su gran amor, eso nadie lo pone en duda. Era su mentor, se entendían, lo admiraba muchísimo. “El sapo y la paloma” los había llamado el padre de Frida cuando se enteró que se casarían.
Eran cómplices, eran fuego. Por él daba su vida entera, lo demostró todas las veces que le perdonó infidelidades, humillaciones y maltratos —acontecimientos que podemos leer en sus cartas.

También lo dejó en evidencia con todos los intentos que realizó para quedar embarazada, aun poniendo en riesgo su vida. Con Diego quería armar una familia. Lo adorada, quería verlo feliz, complacerlo. Creía conocerlo como nadie. Tenían un amor explosivo, directo, complejo, áspero, un amor tan fuerte que dolía.

Frida siempre decía que había tenido dos impactos en su vida: el accidente —cuando la chocó un tranvía— y haber conocido a Diego.
Sin embargo, buscó refugio en otros amores, algunos famosos, otros no tanto.

Hubo uno especial, que descubrió una Frida distinta. Un amor que le dio calma, protección, seguridad, la aquietó, le mostró otra forma de querer.

Ese amor perduró en el tiempo, fue fiel a su esencia, la nutrió, le hizo bien.
“Aquel amor” fue el que tuvo con el fotógrafo norteamericano Nickolas Muray. Fue su mejor amigo, su confidente durante toda su vida. Un amor sensible y duradero.
Sabía de ella, de sus gustos, sueños, dolores, frustraciones y anhelos. Conoció otra cara, su intimidad, que muy pocos conocían. Una Frida sencilla, amorosa, divertida, melancólica; una mujer a la que le gustaba estar bajo el calor del hogar, de la familia, con sus objetos preciados —lienzos, pinturas, cerámicas, muñecas, cuadernos— y sus animales.

No necesitaba lujos, fama, viajes, personas que la adularan o la consintieran. Una Frida despojada, descalza, que brillaba a cara lavada bajo la luz de la ventana del viejo departamento que Nick tenía en Nueva York.
Con él no había competencia. Al contrario de lo que le sucedía con Diego, eran compañeros, compinches, les gustaba trabajar juntos y compartir la vida.

Esta novela cuenta sobre ese amor transparente, pequeño e inmenso a la vez, que vivió con el fotógrafo y que quedó plasmado en las cartas que ella le escribía.

Ahora los invito a este viaje en el que conoceremos lo que sucedió entre Frida y Nick durante esos años que compartieron juntos. Como testimonio de esto incorporo las cartas que se escribieron a lo largo de los años que duró la relación. Nick, a través de su lente, pudo captar el sentir de Frida. Sus fotografías reflejaban la intimidad entre ellos, la confianza que ella sentía hacía él.

Sus ojos vieron una Frida llena de luz, una crisálida transformada en mariposa que emprendía vuelo.

Su arte logró traspasar las fronteras de su México natal para ser admirada por toda la humanidad.

Los ojos, la mirada al frente en sus autorretratos, llegaron al corazón de todos aquellos que se detuvieron a observarlos.

Tamaño

14×20 cm

Páginas

94

ISBN

978-987-8255-24-8

Año

2024

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